Un café, dos países
In the Belgian Dutch town of Baarle, the international border runs straight through streets, houses, and even cafe tables, turning an ordinary cup of coffee into a small act of crossing frontiers.
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Hay un café en el pequeño pueblo de Baarle donde tu taza de café descansa en un país y tu trozo de pastel en otro. El pueblo se extiende a horcajadas sobre la frontera entre Bélgica y los Países Bajos, y, a diferencia de la mayoría de las fronteras, esta se niega a rodear educadamente la casa de nadie. En cambio, las atraviesa de lleno, señalada por cruces blancas y remaches metálicos que recorren las calles, cruzan los umbrales de las puertas, pasan bajo las estanterías de las tiendas y se cuelan directamente por debajo de las mesas de los cafés.
La explicación se remonta siglos atrás. Antiguos señores locales solían intercambiar y regalar parcelas de tierra casi como quien intercambia cromos, y el resultado es un pueblo cosido a base de retazos que no encajan del todo. Pequeñas islas de territorio belga aparecen dispersas dentro de los Países Bajos y, para complicar aún más las cosas, diminutas islas de tierra neerlandesa se esconden dentro de algunas de esas islas belgas. Nadie se molestó jamás en ordenar semejante enredo, así que la frontera simplemente se quedó ahí, zigzagueando desde entonces por en medio de la vida cotidiana.
El pueblo hace mucho que hizo las paces con su propia rareza. La regla para las casas es bastante sencilla: el país en el que se abre tu puerta principal es el país en el que vives, aunque algunas casas, al tener dos puertas, cuentan técnicamente con dos direcciones distintas. En el café, puedes sostener tu taza en un país y dejarla sobre la mesa en el otro, lo cual convierte a ese lugar, posiblemente, en el único rincón del mundo donde se puede salir del país con solo pasarle el azúcar a alguien.
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